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El Dios en su trono
Nadie sabe, bien a bien, el propósito del tiempo: Las horas van cayendo, los minutos, los segundos, los años. Y de pronto el diluvio del tiempo ha anegado toda una vida humana. Nada más indiferente para el tiempo. Nada más nímio que la cuenta absurda de los hombres para el metálico sonido, indolente, de los segundos y los siglos — da igual – sobre la roca atormentada de la mente humana. La gota de tiempo va esculpiendo y destruyendo todo. Evolución e involución a simultáneos golpes de martillo. Metáfora absurda la de los hombres, que miran absortos ese espejo, remedan al tiempo con sus obras. La obra perfecta, magnífica, que no sacia sin embargo la mano empecinada, ciega de obsesión, perfeccionista, del artista poseído de su obra, que empieza, tras la contemplación inútil y abstraída, a pulir y suavizar detalles... Y termina desdibujando la obra, transformándola, transmutándola en un amasijo informe, monstruoso como su ansiedad, y en su terrible acto culmina por fin transmutándose también, a la par de su obra, en un monstruo, en el energúmeno de su talento. Pero el tiempo no se detiene siquiera en la contemplación de su obra -cosa humana-, sino que, más insaciable aún, sigue devorando y devorándose en las sombras de la eternidad, -cosa diabólica-. Encarnación del mal es el creador, el Dios, mientras sus criaturas caminan a tientas en la oscuridad del tiempo: el tiempo, la trampa, la carcajada de Dios. Pero, guiado por insospechados instintos íntimos desde las catacumbas de la historia, y por ese bogar sutil debajo de la piel, esa hambre ansiedad soberbia que a su vez lo devora, mueve su mano, del hombre, la criatura, y convierte la vida en sucesión de empeños, tentativas de ser Dios, otro Dios, con todo y sus criaturas, y entonces se devora... Se extingue cada vez que nace, Dios: una llama herida de silencios, como al humano hiere la sombra cegadora de la verdad. Un sordo amor distante. Amor niega a la muerte - A- mor - y la convoca y quiere crear para morir de angustia y sol resplandeciente. Se ciega así en placeres de fulgores Y añade una agonía a sus certezas, Y crea entonces. Comienza a ser artista. Entonces muere, nace, renace, remuere. No muevas ya el pincel, Calla el parlamento, Detén el cincel, Silencia las notas, No toques ya ese verso, esa frase, esa criatura... No la toques más, o morirá... Y tú con ella... EDR en "Valle de poetas. Antología", Fomento Cultural, UAEM, 1999.
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